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Desarrollo sostenible, término aplicado al desarrollo económico y
social que permite hacer frente a las necesidades del presente sin poner
en peligro la capacidad de futuras generaciones para satisfacer sus
propias necesidades. Hay dos conceptos fundamentales en lo que se refiere
al uso y gestión sostenibles de los recursos naturales del planeta. En
primer lugar, deben satisfacerse las necesidades básicas de la humanidad,
comida, ropa, lugar donde vivir y trabajo. Esto implica prestar atención a
las necesidades, en gran medida insatisfechas, de los pobres del mundo, ya
que un mundo en el que la pobreza es endémica será siempre proclive a las
catástrofes ecológicas y de todo tipo. En segundo lugar, los límites para
el desarrollo no son absolutos, sino que vienen impuestos por el nivel
tecnológico y de organización social, su impacto sobre los recursos del
medio ambiente y la capacidad de la biosfera para absorber los efectos de
la actividad humana. Es posible mejorar tanto la tecnología como la
organización social para abrir paso a una nueva era de crecimiento
económico sensible a las necesidades ambientales.
Durante las décadas de 1970 y 1980
empezó a quedar cada vez más claro que los recursos naturales estaban
dilapidándose en nombre del ‘desarrollo’. Se estaban produciendo cambios
imprevistos en la atmósfera, los suelos, las aguas, entre las plantas y
los animales, y en las relaciones entre todos ellos. Fue necesario
reconocer que la velocidad del cambio era tal que superaba la capacidad
científica e institucional para ralentizar o invertir el sentido de sus
causas y efectos. Estos grandes problemas ambientales incluyen: 1) el
calentamiento global de la atmósfera (el efecto invernadero), debido a la
emisión, por parte de la industria y la agricultura, de gases (sobre todo
dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y clorofluorocarbonos) que
absorben la radiación de onda larga reflejada por la superficie de la
Tierra; 2) el agotamiento de la capa de ozono de la estratosfera, escudo
protector del planeta, por la acción de productos químicos basados en el
cloro y el bromo, que permite una mayor penetración de rayos ultravioleta
hasta su superficie; 3) la creciente contaminación del agua y los suelos
por los vertidos y descargas de residuos industriales y agrícolas; 4) el
agotamiento de la cubierta forestal (deforestación), especialmente en los
trópicos, por la explotación para leña y la expansión de la agricultura;
5) la pérdida de especies, tanto silvestres como domesticadas, de plantas
y animales por destrucción de hábitats naturales, la especialización
agrícola y la creciente presión a la que se ven sometidas las pesquerías;
6) la degradación del suelo en los hábitats agrícolas y naturales,
incluyendo la erosión, el encharcamiento y la salinización, que produce
con el tiempo la pérdida de la capacidad productiva del suelo.
A finales de 1983, el secretario
general de las Naciones Unidas le pidió a la primera ministra de Noruega,
Gro Harlem Brundtland, que creara una comisión independiente para examinar
estos problemas que sugiriera mecanismos para que la creciente población
del planeta pudiera hacer frente a sus necesidades básicas. El grupo de
ministros, científicos, diplomáticos y legisladores celebró audiencias
públicas en cinco continentes durante casi tres años. La principal tarea
de la llamada Comisión Brundtland era generar una agenda para el cambio
global. Su mandato especificaba tres objetivos: reexaminar cuestiones
críticas relacionadas con el medio ambiente y el desarrollo, y formular
propuestas realistas para hacerles frente; proponer nuevas fórmulas de
cooperación internacional en estos temas capaces de orientar la política y
los acontecimientos hacia la realización de cambios necesarios; y aumentar
los niveles de concienciación y compromiso de los individuos, las
organizaciones de voluntarios, las empresas, las instituciones y los
gobiernos. El informe fue presentado ante la Asamblea General de las
Naciones Unidas durante el otoño de 1987.
En el informe se describen dos
futuros: uno viable y otro que no lo es. En el segundo, la especie humana
continúa agotando el capital natural de la Tierra. En el primero los
gobiernos adoptan el concepto de desarrollo sostenible y organizan
estructuras nuevas, más equitativas, que empiezan a cerrar el abismo que
separa a los países ricos de los pobres. Este abismo, en lo que se refiere
a la energía y los recursos, es el principal problema ambiental del
planeta; es también su principal problema de desarrollo. En todo caso, lo
que quedaba claro era que la incorporación de consideraciones económicas y
ecológicas a la planificación del desarrollo requeriría toda una
revolución en la toma de decisiones económicas.
Tras la Comisión, el siguiente
acontecimiento internacional significativo fue la Cumbre sobre la Tierra,
celebrada en junio de 1992 en Río de Janeiro (véase Cumbre de Río).
Denominada Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el
Desarrollo, en ella estuvieron representados 178 gobiernos, incluidos 120
Jefes de Estado. Se trataba de encontrar modos de traducir las buenas
intenciones en medidas concretas y de que los gobiernos firmaran acuerdos
específicos para hacer frente a los grandes problemas ambientales y de
desarrollo. Los resultados de la Cumbre incluyen convenciones globales
sobre la biodiversidad y el clima, una Constitución de la Tierra de
principios básicos, y un programa de acción, llamado Agenda 21, para poner
en práctica estos principios.
Los resultados se vieron empañados
por la negativa de algunos gobiernos a aceptar los calendarios y objetivos
para el cambio (por ejemplo para la reducción de emisiones gaseosas que
conducen al calentamiento global), a firmar ciertos documentos (había
quien opinaba que el Convenio sobre la Diversidad Biológica debilitaba las
industrias de biotecnología de los países industrializados), o a aceptar
la adopción de medidas vinculantes (como en el caso de los principios
forestales). En sus 41 capítulos, el programa de acción contenido en la
Agenda 21 aborda casi todos los temas relacionados con el desarrollo
sostenible que se puedan imaginar, pero no está lo suficientemente
financiado.
No obstante, la Cumbre fue un
trascendental ejercicio de concienciación a los más altos niveles de la
política. A partir de ella, ningún político relevante podrá aducir
ignorancia de los vínculos existentes entre el medio ambiente y el
desarrollo. Además, dejó claro que eran necesarios cambios fundamentales
para alcanzar un desarrollo sostenible. Los pobres deben recibir una
participación justa en los recursos para sustentar el crecimiento
económico; los sistemas políticos deben favorecer la participación
ciudadana en la toma de decisiones, en especial las relativas a
actividades que afectan a sus vidas; los ricos deben adoptar estilos de
vida que no se salgan del marco de los recursos ecológicos del planeta; y
el tamaño y crecimiento de la población deben estar en armonía con la
cambiante capacidad productiva del ecosistema.
El desarrollo sostenible no es, sin
embargo, un estado inmutable de armonía, sino un proceso de cambio. Éste
está ya en marcha en el campo del desarrollo agrícola, donde la transición
hacia la agricultura sostenible está mejorando la producción de alimentos,
en especial en el caso de los pobres, además de proteger el medio
ambiente.
MODERNIZACIÓN AGRÍCOLA
La agricultura ha experimentado muchas revoluciones a lo largo de la
historia desde su aparición hace entre unos 8.000 y 10.000 años hasta la
renombrada revolución agrícola, acaecida en Europa entre los siglos XVII y
XIX. A lo largo del siglo XX el entorno rural ha sufrido transformaciones
en la mayor parte del mundo. Los gobiernos han incentivado la adopción de
variedades modernas para las cosechas y de razas modernas de ganado, junto
con recursos externos (como fertilizantes, pesticidas, antibióticos,
crédito, maquinaria), necesarios para que las primeras sean productivas.
Han respaldado la creación de nuevas infraestructuras, como programas de
irrigación, carreteras y mercados, y han garantizado los precios y el
mercado para la producción agrícola.
El proceso de modernización
agrícola ha producido tres tipos distintos de agricultura: 1) la
industrializada, 2) la llamada revolución verde y 3) todos los demás
tipos: la de baja aportación exterior, la tradicional y la no mejorada.
Los primeros dos tipos han conseguido responder ante los recursos
tecnológicos, dando lugar a sistemas de alto rendimiento en la producción
de alimentos. Están dotados de acceso a carreteras, mercados urbanos,
puertos y, a través suyo, a aportaciones externas, maquinaria,
infraestructuras de comercialización, transporte, instalaciones de
procesado agrícola y crédito. Tienen buenos suelos, un suministro adecuado
de agua (bien por una pluviosidad regular o por medio de sistemas de
irrigación), acceso a variedades modernas de cultivos y razas de ganado y
a productos derivados del petróleo y maquinaria.
En los países del Tercer Mundo,
estos sistemas, que exigen grandes aportaciones del exterior, se emplean
en las grandes llanuras y deltas irrigados del sur, sureste y este de
Asia, así como en partes de Latinoamérica y el norte de África, y en otras
zonas aisladas. Tienden a ser explotaciones de monocultivos y/o animal
único, orientadas a la venta, y comprenden los cultivos irrigados de arroz
en las tierras bajas, el trigo y el algodón; las plantaciones de
plataneros, piñas, palma de aceite y caña de azúcar; las hortalizas en las
inmediaciones de los centros urbanos, y la cría intensiva de ganado y
aves.
Estas son las tierras de la
llamada revolución verde. Los científicos desarrollaron nuevas variedades
de cereales básicos, consiguiendo que maduraran antes, lo que permitía
recoger dos cosechas al año, que fueran insensibles a la duración del día,
lo que facilitaba su cultivo en un gran abanico de latitudes, y que
produjeran una mayor proporción de grano en relación con la paja. Estas
variedades modernas fueron entregadas a los agricultores junto con
aportaciones, o entradas, de elevado coste, que incluían fertilizantes
inorgánicos, pesticidas, maquinaria, créditos y agua. Como resultado, el
rendimiento medio de los cereales se ha duplicado en 30 años. Tomando en
consideración el crecimiento de la población en el mismo periodo, la
mejora ha sido de un 7% del total de los alimentos producidos por persona.
Este valor medio, no obstante, oculta diferencias regionales
significativas: en el Sureste asiático, la producción per cápita de
alimentos ha aumentado cerca de un 30%, pero en África ha descendido un 20
por ciento. Lo que es más, aún quedan unos 1.000 millones de personas en
el mundo cuya dieta no aporta suficientes calorías para trabajar, de las
que 480 millones viven en hogares demasiado pobres para obtener la energía
necesaria para el crecimiento adecuado de los niños y para mantener una
actividad mínima por parte de los adultos.
En los países industrializados se
produjo una revolución similar. Los agricultores se modernizaron,
adoptando el uso de maquinaria, reduciendo la mano de obra, especializando
los cultivos y cambiando sus prácticas para obtener mayores beneficios. La
presión en favor de incrementar el rendimiento y el tamaño de las
explotaciones ha hecho que las granjas mixtas tradicionales, un sistema
muy integrado en el que se generaban pocos impactos exteriores, hayan
desaparecido casi por completo.
El tercer tipo de agricultura
comprende todos los demás sistemas agrícolas y de subsistencia. Se trata
de sistemas de baja aportación externa y situados en tierras secas,
tierras pantanosas, tierras altas, sabanas, pantanos, zonas
semidesérticas, montañas y colinas y bosques. En estas áreas los sistemas
de cultivo son complejos y diversos, el rendimiento de las cosechas bajo,
y la vida de sus habitantes a menudo depende de los recursos silvestres,
además de la producción agrícola propia. Las explotaciones están muy
alejadas de los mercados, se encuentran en suelos frágiles o
problemáticos, y es poco probable que los visiten los científicos
agrícolas o que sean estudiadas en los centros de investigación.
Además su productividad es baja:
el rendimiento de los cereales es de sólo 0,5 a 1 tonelada por hectárea.
Los países más pobres tienden a tener una proporción más elevada de estos
sistemas agrícolas. A mediados de la década de 1990, cerca de un 30 a un
35% de la población del planeta, entre 1.900 y 2.100 millones de personas,
subsiste merced a esta tercera y olvidada forma de agricultura. Aún así
toda esta gente se encuentra hoy excluida de la política de desarrollo de
los gobiernos, que se concentra en tierras altamente productivas.
IMPACTO DE LA AGRICULTURA
SOSTENIBLE
A pesar de las mejoras realizadas en la producción de alimentos, los
desafíos no han hecho más que empezar. La población mundial alcanzará
entre los 8.000 y 13.000 millones de personas. Incluso recurriendo a las
estimaciones más bajas, y dado el acceso poco equitativo a los recursos
que predomina en la actualidad, será necesario que la producción agrícola
aumente de forma sustancial para que se puedan mantener los niveles de
nutrición actuales. Sin un crecimiento muy considerable, las perspectivas
de muchos habitantes de los países pobres son sombrías.
En los últimos 50 años, las
políticas de desarrollo agrícola han tenido un éxito notable en potenciar
las aportaciones o entradas externas como medio para aumentar la
producción de alimentos, lo que ha producido un crecimiento llamativo en
el consumo global de pesticidas, fertilizantes inorgánicos, piensos
animales, tractores y otras maquinarias. Estas aportaciones externas, no
obstante, han reemplazado los recursos y procesos naturales de control,
haciéndolos más vulnerables. Los pesticidas han reemplazado a los medios
biológicos, mecánicos y de cultivo para controlar las plagas, las malas
hierbas y las enfermedades; los agricultores han sustituido el estiércol,
el abono vegetal y las cosechas fijadoras de nitrógeno por fertilizantes
inorgánicos; la información para tomar decisiones de gestión procede de
los proveedores comerciales y de los científicos, no de fuentes locales; y
los combustibles fósiles han reemplazado a las fuentes de energía
generadas localmente. La especialización de la producción agrícola y el
declive asociado de la granja mixta también han contribuido a esta
situación. Los que antaño fueron valiosos productos interiores se han
convertido hoy en productos de desecho.
El principal desafío al que se
enfrenta la agricultura sostenible es mejorar el uso que se hace de estos
recursos interiores. Esto puede hacerse minimizando las aportaciones desde
el exterior, regenerando los recursos interiores más rápidamente o
combinaciones de ambos. La agricultura sostenible es, por lo tanto, un
sistema de producción de alimentos o fibras que persigue los siguientes
objetivos de forma sistemática: 1) una incorporación mayor de los procesos
naturales, como el ciclo de los nutrientes, la fijación del nitrógeno y
las relaciones plaga-depredador a los procesos de producción industrial;
2) una reducción del uso de las aportaciones externas no renovables que
más daño pueden causar al medio ambiente o a la salud de los agricultores
y consumidores, y un uso más metódico de las demás aportaciones, de cara a
minimizar los costes variables; 3) un acceso más equitativo a los recursos
y oportunidades productivos y la transición a formas de agricultura más
justas desde el punto de vista social; 4) un mayor uso productivo del
potencial biológico y genético de las especies vegetales y animales; 5) un
mayor uso productivo de los conocimientos y prácticas locales, incluyendo
enfoques innovadores aún no del todo comprendidos por los científicos ni
adoptados por los agricultores; 6) un incremento de la autosuficiencia de
los agricultores y los pueblos rurales; 7) una mejora del equilibrio entre
los patrones de pastoreo o explotación, la capacidad productiva y las
limitaciones ambientales impuestas por el clima y el paisaje para
garantizar que los niveles actuales de producción sean sostenibles a largo
plazo; 8) una producción rentable y eficiente que haga hincapié en la
gestión agrícola integrada y la conservación del suelo, el agua, la
energía y los recursos biológicos.
Cuando estos componentes se unen,
la agricultura se transforma en agricultura integrada, y sus recursos se
usan con más eficiencia. La agricultura sostenible, por lo tanto, aspira
al uso integrado de una gran variedad de tecnologías de gestión de las
plagas, los nutrientes, el suelo y el agua. Aspira a una mayor diversidad
de explotaciones en el seno de las granjas, combinada con mayores vínculos
y flujos entre ellas. Los productos secundarios o desechos de un
componente se convierten en aportaciones a otro. Al ir reemplazando las
aportaciones exteriores por los procesos naturales, el impacto sobre el
medio ambiente disminuye.
Los grandes desafíos a los que se
enfrenta la agricultura sostenible en cada una de las tres áreas agrícolas
son muy diferentes. En la agricultura industrializada de Europa y América
del Norte, se trata de reducir sustancialmente el uso de aportaciones
exteriores y los costes variables con el fin de mantener la rentabilidad.
Se podrían aceptar pequeñas reducciones en el rendimiento, dado el actual
nivel de sobreproducción. En las áreas de la llamada revolución verde, el
desafío es mantener el rendimiento y el nivel actual de sobreproducción
reduciendo a la vez los daños al medio ambiente. En las tierras diversas y
complejas se trata de aumentar el rendimiento por hectárea sin dañar los
recursos naturales.
La nuevas evidencias procedentes
de granjas y comunidades de todo el mundo muestran hoy que la agricultura
sostenible es posible en estas tres regiones: 1) en las tierras diversas,
complejas y pobres en recursos del Tercer Mundo, los agricultores que han
adoptado las tecnologías regeneradoras han duplicado o triplicado el
rendimiento de sus cosechas, a menudo con poca o ninguna aportación
exterior; 2) en las tierras de aportaciones elevadas y por lo general
irrigadas, los agricultores que han adoptado tecnologías regeneradoras han
mantenido sus altos rendimientos, reduciendo sustancialmente las
aportaciones exteriores; 3) en los sistemas agrícolas industrializados,
una transición a la agricultura sostenible podría significar un descenso
en el rendimiento por hectárea de un 10 a un 20% a corto plazo, pero
resultaría rentable para los agricultores.
Todos estos éxitos tienen tres
elementos en común. Han hecho uso de tecnologías que conservan los
recursos, como la gestión integrada de las plagas, la conservación del
suelo y el agua, el reciclado de nutrientes, los cultivos múltiples, la
captación de agua, el reciclado de desechos, y así sucesivamente. En
términos generales, ha habido iniciativas por parte de grupos y
comunidades a nivel local, así como cierto apoyo por parte de
instituciones gubernamentales y/o no gubernamentales.
Con todo, en la mayor parte de los
casos se trata de iniciativas localizadas. No son más que éxitos aislados.
Esto se debe a la ausencia de un cuarto elemento: una política ambiental
favorable. En su mayoría, las políticas existentes siguen favoreciendo
activamente una agricultura que depende de aportaciones y tecnologías
exteriores. Estas políticas constituyen uno de los principales obstáculos
en el camino hacia una agricultura más sostenible.
AMENAZAS Y OBSTÁCULOS
A pesar de la viabilidad de una agricultura más sostenible, que
beneficiaría a los agricultores, las comunidades rurales, el medio
ambiente y la economía nacional, siguen existiendo muchos obstáculos y
amenazas. Muchas de las estructuras de poder existentes se ven amenazadas
por el cambio, y puede resultar imposible que todo el mundo se beneficie
de ella a corto plazo. Las amenazas surgen desde el nivel internacional
hasta el local.
A nivel internacional, los
mercados y las políticas comerciales han tendido a reducir el precio de
las mercancías, disminuyendo los beneficios de los agricultores y las
economías. Sólo en los últimos 10 años los precios habían descendido, por
término medio, un 50 por ciento. Las empresas agroquímicas, por su parte,
intentarán proteger sus mercados de toda opción que implique una reducción
en el uso de sus productos.
A nivel nacional, hay que
determinar cuáles son las políticas macro y microeconómicas que siguen
dificultando el desarrollo de una agricultura más sostenible, y
cambiarlas. En algunos casos esto resultará políticamente muy difícil, en
especial cuando se trate de poner en práctica unas reformas que deberían
dar a los agricultores garantías para invertir en prácticas sostenibles.
La naturaleza burocrática de las
grandes instituciones constituye una amenaza más. Les cuesta trabajar de
un modo que conceda poder a las comunidades locales, ya que esto supone
perder parte del suyo. De modo similar, la naturaleza conservadora de las
universidades y las instituciones de enseñanza es un obstáculo para la
aparición de nuevos profesionales orientados hacia la agricultura
sostenible. En su mayor parte, éstas se muestran reticentes o incapaces
sin más de formar a profesionales de la agricultura capaces de trabajar
con y para los agricultores.
Por último, los propios
agricultores se enfrentan a los costes que supone la transición a
prácticas y tecnologías agrícolas sostenibles y a su aprendizaje.
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