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Armas
nucleares, dispositivos explosivos utilizados con fines bélicos que
liberan energía nuclear a gran escala. La primera bomba atómica (o bomba
A) fue probada el 16 de julio de 1945 cerca de Alamogordo (Nuevo México).
Se trataba de un explosivo completamente nuevo. Hasta ese momento todos
obtenían su potencia de la descomposición o combustión rápida de algún
compuesto químico. Las reacciones químicas de este tipo sólo liberan la
energía de los electrones más externos del átomo.
En cambio, los explosivos nucleares
ponen en juego la energía contenida en el núcleo del átomo. La bomba A
obtenía su potencia de la ruptura o fisión de los núcleos atómicos de
varios kilos de plutonio. Una esfera del tamaño de una pelota de béisbol
produjo una explosión equivalente a 20.000 toneladas de trinitrotolueno
(TNT).
La bomba A se desarrolló, construyó
y probó en el marco del Proyecto Manhattan. Se trataba de una
extraordinaria empresa estadounidense iniciada en 1942 durante la II Guerra
Mundial. En ella participaron muchos científicos eminentes, como los
físicos Enrico Fermi, Richard Phillips Feynman y Edward Teller, y el
químico Harold Clayton Urey. El director militar era el ingeniero Leslie
Groves, comandante general del Ejército de Estados Unidos. El director
científico del proyecto, localizado en el Laboratorio Nacional Los Álamos,
fue el físico estadounidense Julius Robert Oppenheimer.
Terminada la guerra, la Comisión
para la Energía Atómica de Estados Unidos se responsabilizó de todas las
cuestiones nucleares, incluida la investigación armamentística. Se
construyeron otro tipo de bombas que obtenían la energía de elementos más
ligeros como el hidrógeno. En ellas la reacción que proporciona la energía
es la fusión. Durante este proceso los núcleos de los isótopos de
hidrógeno se combinan y forman un núcleo, más pesado, de helio (ver más
adelante Armas termonucleares o de fusión). La investigación en este campo
dio como resultado la producción de bombas cuya potencia oscila de una
fracción de kilotón (equivalente a 1.000 toneladas de TNT) hasta muchos
megatones (equivalentes a un millón de toneladas de TNT). Además se ha
reducido de forma drástica el tamaño físico de las bombas, con lo que han
podido desarrollarse bombas nucleares de artillería y pequeños misiles que
pueden ser disparados desde lanzadores portátiles en pleno campo de
batalla. Aunque en un principio se pretendía que las bombas atómicas
fuesen armas estratégicas transportadas por grandes bombarderos, en la
actualidad las armas nucleares pueden utilizarse para diversos fines,
tanto estratégicos como tácticos. No sólo se pueden lanzar desde
diferentes tipos de avión, sino en cohetes o misiles teledirigidos con
cabeza nuclear desde la tierra, el aire o bajo el agua. Los cohetes
grandes pueden transportar varias cabezas con diferentes objetivos. La
investigación en armas nucleares prosigue en la actualidad en Los Álamos y
en el Laboratorio Lawrence Livermore (California), en Estados Unidos, y en
Aldermaston, en Gran Bretaña.
En 1905 Albert Einstein publicó la
teoría de la relatividad. De acuerdo con ella, la relación entre la masa y
la energía viene dada por la ecuación E = mc2. Esto
significa que a una masa m dada, corresponde una cantidad de
energía E, equivalente a la masa multiplicada por el cuadrado de la
velocidad de la luz c. Una pequeña cantidad de materia equivale a
una gran cantidad de energía. Por ejemplo: un kilogramo de materia que se
convirtiese por completo en energía equivaldría a la energía liberada por
la explosión de 22 megatones de TNT.
En sus experimentos, los químicos
alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann dividieron el átomo de uranio en dos
partes casi iguales bombardeándolo con neutrones. Más tarde, en 1939, la
física Lise Meitner y su sobrino, Otto Robert Frisch, explicaron la
reacción de la fisión nuclear, lo que posibilitó la liberación de la
energía atómica.
Los efectos de las armas nucleares
se estudiaron con mucho detenimiento.
Al igual que con las explosiones
de armas convencionales, la mayor parte del daño causado por una explosión
nuclear en los edificios y en otras estructuras proviene, de modo directo
o indirecto, de los efectos de la onda expansiva. La rápida expansión de
los materiales de la bomba produce un impulso de altas presiones, también
llamado onda de choque, que se mueve desde la bomba en explosión hacia
fuera con mucha rapidez. En el aire, esta onda de choque se llama onda
expansiva, porque es equivalente a ésta y la acompañan vientos de una
fuerza mucho mayor que los de un huracán. Los daños son producidos tanto
por el gran exceso (o sobrepresión) de aire que antecede a la onda
expansiva como por los vientos tan fuertes que siguen soplando después del
paso de ésta. El alcance de los daños en tierra como consecuencia de la
explosión depende de su equivalente en TNT, de la altitud a la que explotó
la bomba (altura de la explosión) y de la distancia de la estructura hasta
el punto cero (es decir, el punto situado justo bajo la explosión de la
bomba en vertical). En el caso de las bombas A que explotaron sobre Japón,
la altura de la explosión fue de unos 550 metros, ya que se calculó que
esta altura produciría un área de destrucción máxima. Si el equivalente en
TNT hubiera sido mayor, se habría escogido también una mayor altitud de
explosión.
Si se elige una altura de
explosión que maximice el área afectada, una bomba de 10 kilotones
provocará daños graves en las casas con estructura de madera (muy comunes
en Estados Unidos) a una distancia de más de 1,6 kilómetros del punto cero
y provocará daños moderados hasta los 2,4 kilómetros (una casa con graves
daños ya no se puede reparar). El radio de devastación se incrementa con
la potencia de la bomba, de modo proporcional a su raíz cúbica. Por tanto,
si una bomba de 10 megatones (1.000 veces más poderosa que una de 10
kilotones) explota a una altura óptima, las distancias se incrementarán
por un factor diez: 16 kilómetros de radio para los daños graves y 24
kilómetros para los daños moderados.
Las altísimas temperaturas que se alcanzan en una explosión nuclear
provienen de la formación de una masa de gas incandescente muy caliente
que se llama bola de fuego. Por una bomba de 10 kilotones detonada en el
aire, la bola de fuego alcanzaría un diámetro de 300 metros y la de una
bomba de 10 megatones sería de 4,8 kilómetros. La bola de fuego emite un
fogonazo de radiación térmica (es decir, calor), que se extiende sobre una
gran área pero con una intensidad cada vez más débil. La cantidad de
energía térmica recibida a cierta distancia de la explosión nuclear
depende de la potencia de la bomba y de las condiciones de la atmósfera.
Si hay poca visibilidad o la bomba explota sobre las nubes, la efectividad
de la onda térmica disminuye. La radiación térmica provoca quemaduras en
la piel que no está protegida. Una explosión de 10 kilotones en el aire
puede producir quemaduras de gravedad moderada (de segundo grado y que
requieren atención médica) a 2,4 kilómetros del punto cero. Para una bomba
de 10 megatones la distancia se eleva a más de 32 kilómetros. También se
producirían quemaduras menos graves de la piel expuesta mucho más lejos.
La mayor parte de la ropa ordinaria protege de la radiación térmica, al
igual que casi cualquier objeto opaco. Las quemaduras provocadas por el
fogonazo térmico sólo se producen si la piel está expuesta de forma
directa, o la ropa es demasiado ligera para absorber la radiación térmica.
La radiación térmica puede
provocar incendios en materiales inflamables secos, como por ejemplo el
papel o algunos tejidos. Estos incendios pueden propagarse si hay
condiciones apropiadas. La experiencia de las bombas A detonadas sobre
Japón indica que muchos incendios, en especial los de las zonas cercanas
al punto cero, se iniciaron por causas secundarias como cortocircuitos,
conductos de gas rotos y hornos y calderas industriales volcados. La onda
expansiva produjo escombros que ayudaron a mantener los incendios y que
dificultaron el acceso de los servicios de bomberos. Por tanto, gran parte
de los daños provocados por el fuego en Japón fueron efectos secundarios
de la onda expansiva.
Bajo ciertas condiciones, como las
que se dieron en Hiroshima pero no en Nagasaki, muchos fuegos dispersos se
pueden combinar y producir una tormenta de fuego, como las que acompañan a
algunos grandes incendios forestales. El calor del fuego provoca una
fuerte corriente ascendente, que a su vez provoca vientos fuertes,
dirigidos hacia la zona que está ardiendo. Estos vientos avivan las llamas
y convierten la zona en un holocausto en el que se destruye cualquier cosa
inflamable. Sin embargo, como el viento lleva las llamas hacia el
interior, se puede limitar la zona en que se propague un fuego.
Aparte de la onda térmica y
expansiva, las bombas nucleares tienen un efecto característico. Liberan
radiación penetrante que es diferente por completo de la radiación
térmica, es decir, del calor (véase Radiactividad). Cuando es
absorbida por el cuerpo, la radiación nuclear puede provocar graves daños.
Si la explosión ocurre a gran altitud, el radio en que se producen estos
daños es menor que el de los daños por incendios y por la onda expansiva o
que el de las quemaduras por radiación térmica. Sin embargo, en Japón,
debido a la radiación murieron más tarde muchas personas que estaban
protegidas de la onda expansiva y de las quemaduras.
Existen dos categorías de
radiación nuclear provocadas por una explosión: la radiación instantánea y
la radiación residual. La radiación instantánea se compone de un fogonazo
de neutrones y rayos gamma que se propagan por una zona de varios
kilómetros cuadrados. Los efectos de los rayos gamma son idénticos que los
de los rayos X. Tanto los neutrones como los rayos gamma pueden atravesar
la materia sólida, por lo que para protegerse hacen falta materiales de
gran espesor.
La radiación residual conocida
como lluvia radiactiva puede ser un peligro en grandes zonas que no sufran
ninguno de los otros efectos de la explosión. Las bombas que obtienen su
energía de la fisión del uranio 238 o del plutonio 239 producen dos
núcleos radiactivos por cada núcleo fisil que se divide. Estos productos
de la fisión producen una radiactividad permanente en los restos de la
bomba, ya que la vida media de estos átomos se puede medir por días, meses
o años.
Se conocen dos tipos de lluvia
radiactiva, la inicial y la tardía. Si la explosión nuclear se produce
cerca de la superficie, la tierra o el agua se levantan formando una nube
en forma de hongo. Además el agua y la tierra se contaminan al mezclarse
con los restos de la bomba. El material contaminado empieza a depositarse
a los pocos minutos y puede seguir haciéndolo durante 24 horas, cubriendo
una zona de varios miles de kilómetros cuadrados, en la dirección en que
el viento lo lleve. Se llama lluvia radiactiva inicial y supone un peligro
inmediato para los seres humanos. Si una bomba nuclear explota a gran
altitud, los residuos radiactivos se elevan a gran altura junto con la
nube en forma de hongo y cubren una zona aún más extensa.
La experiencia de la lluvia
radiactiva en el hombre ha sido mínima. El caso más importante es el de la
exposición accidental de isleños y pescadores en la explosión de 15
megatones del 1 de marzo de 1954. La lluvia radiactiva ha afectado a los
seres humanos en diversas ocasiones: las secuelas de los experimentos
nucleares estadounidenses en Bikini (Micronesia, 1946) y de las bombas
nucleares de Hiroshima y Nagasaki en 1945 todavía se manifiestan en la
población que sufrió sus efectos y en sus descendientes. El 26 de abril de
1986 estalló el reactor de la central nuclear ucraniana de Chernóbil, y
emitió radiación durante 10 días. En el plazo de cinco años el cáncer y la
leucemia aumentaron en la zona un 50%. No es posible calcular o predecir
las generaciones futuras que todavía se verán sometidas a las
consecuencias de los accidentes o explosiones nucleares. Las propiedades
de la radiactividad y las inmensas zonas que pueden contaminarse
convierten a la lluvia radiactiva en lo que, potencialmente, pudiera ser
el efecto más letal de las armas nucleares.
Aparte de los daños por la onda
expansiva y por la radiación, una guerra nuclear a gran escala entre
naciones tendría casi con certeza un efecto catastrófico sobre el clima
mundial. Esta posibilidad, que se planteó en un artículo publicado por un
grupo internacional de científicos en diciembre de 1983, se conoce como la
teoría del “invierno nuclear”. Según estos científicos, la explosión de
menos de la mitad del total de las cabezas nucleares de Estados Unidos y
Rusia enviaría a la atmósfera enormes cantidades de polvo y humo. Esta
cantidad sería suficiente para ocultar al Sol durante varios meses, sobre
todo en el hemisferio norte, lo que acabaría con las plantas y provocaría
un clima de temperaturas bajo cero hasta que se dispersase ese polvo. La
capa de ozono también se vería afectada, lo que agravaría los daños como
consecuencia de la radiación ultravioleta solar. Si esta situación se
prolongase, significaría el fin de la humanidad. Desde entonces, la teoría
del invierno nuclear ha estado permanentemente envuelta en polémica. En
1985 el Departamento de Defensa de Estados Unidos reconoció su validez,
pero afirmó que no afectaría a la política de defensa.
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